Mostrando entradas con la etiqueta Bernardino León Gross. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bernardino León Gross. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de mayo de 2009

Homenaje a Alejandro Rodríguez Carrión

Son los actos que mejoran la ciudad. Los que hacen comunidad, sentirte de un lugar donde tuviste un profesor que enseñaba, que comunicaba su saber con métodos socráticos y que era toda una lección de vida. El homenaje a Alejandro Rodríguez Carrión. Don Alejandro.

Facultad de Derecho, 12 horas. Alejandro en letras grandes. El Aula Magna, al fondo del hall a la izquierda, subida una rampa. Todo está ocupado. Me siento al lado de los periodistas Olga Muñoz (Málaga TV) e Ignacio Castillo (La Opinión). El abogado Diego Martín Reyes, en las escaleras. Presidiendo el acto Carrillo Salcedo, su maestro. El discurso de un herma-amigo. "Alejandro tuvo una actitud contestaria, ponía en cuestión lo establecido, no lo establecido porque sí, sabía porqué protestaba y qué quería".

El rigor científico de la UMA. El profesor que innovó en métodos de enseñanza. El ethos, "la manera de situarse en la vida". Todo ello era Rodríguez Carrión, apunta Carrillo Salcedo. El hombre que aunaba el idealismo y el realismo. Un titular que ofreció a Ignacio Martínez, en una entrevista que dio a los periódicos del grupo Joly, en noviembre de 2008: "El nuevo orden mundial será tan injusto como el anterior".

Y es que Don Alejandro siempre sabía que lo suyo era intranquilizar a los acomodaticios, en una complejidad de pensamiento, de misión intelectual, siempre en defensa de los derechos de los inmigrantes y los excluidos.

Toma el turno Bernardino León Gross, secretario general de Moncloa, quien sabe que Rodríguez Carrión diría algo así cómo esto, echándose para atrás:

- ¿Por qué están ustedes tan serios?

- Lo único que ha pasado es que me he muerto.

Una entrevista, quizá, no lo recuerda exactamente León, en Sur. Sí, aquí está la entrevista que le hizo María Eugenia Merelo.

- ¿Cómo será el mundo dentro de 50 años?

- Perdóneme usted, pero me he dejado la bolita mágica en casa. Además, espero estar en otro lugar más cómodo.

Bernardino, quien trabajó en una tesis doctoral sobre el Derecho de intervención en labores humanitarias que dejó cuando se trasladó como diplomático a Argelia, recuerda que la relación de Rodríguez Carrión con el alumnado no acababa (jamás) cuando sonaba el timbre. "Tenía una gran preocupación de nosotros como personas. No se limitaba a exponer la asignatura, nos hacía disfrutarla y algunos nos enamoramos de ella y luego hemos tenido la suerte de aplicarla en su sentido práctico".

Málaga, una ciudad en los ochenta tan lejos del mundo, tuvo desde 1982 la suerte de contar con Don Alejandro como catedrático de Derecho Internacional Público. Aquel hombre nervioso, en la antigua Facultad de El Palo, recorriendo el pasillo de un lado a otro, mirando directamente a lo ojos, utilizando el método socrático (¿alguna pregunta?).

En 1983, recuerda León Gross, pintó Rodríguez Carrión un diagrama en la pizarra de clase. Los intereses de las personas que están en el mundo real. La mayoría de la gente piensa en el corto plazo. Sólo unos pocos piensan en el largo plazo. "Sería muy bueno", aportó, "que alguno de ustedes pensaran en el largo plazo". Su única fe fue la Universidad. Su amor platónico, el Derecho Internacional Público.

La hija de Rodríguez Carrión, que ahora vive en Tokio, quería jugar al baloncesto y el equipo del colegio no tenía entrenador. Así fue como el catedrático se transformó los fines de semana en el tipo que ordenaba defensa zona, ahora individual, presión en toda la cancha, cuidado con los rebotes... Pero un día dejó de hacerlo y se lo propuso a Bernardino. Con BLG el equipo iba de los primeros de la Liga femenina. Don Alejandro apareció una vez para ver un partido. Iban ganando 10 o 12 puntos arriba. Sin embargo, no estaba contento de la dirección táctica de León Gross: "Bernar, no tiene usted ni puta idea de baloncesto".

Era duro. Y eso le define muy bien, precisa el diplomático-amigo. Duro, pero también lleno de cariño y entrañable. Lo daba todo y lo exigía todo. Lo dice Bernardino, que no sacó sobresaliente, sino un notable, que a él le supo a poco. No había que temer (yo sí los temí) a los exámenes orales, apunta León Gross. Sólo había que temerlo cuando conducía. Rememora un viaje a Granada en coche. Don Alejandro que tenía la pasión de plantar árboles en un terrenito (en lugar más díficil). El hombre al que no le gustaba el sentimentalismo.

Francisco de la Torre, alcalde de Málaga, fue su alumno en un posgrado en el curso 1994-1995, un año antes de acceder al equipo de Gobierno de Villalobos como teniente de alcalde y concejal de Urbanismo. Los casos prácticos de los que tanto se aprendía, esa personalidad "tan completa" y, apunta De la Torre, "un ejemplo a seguir y a imitar".

Magdalena Martín, la número 2 en el departamento, que me dio clases de Relaciones Internacionales en la Facultad, habla del "jefe". Ese liderazgo y magisterio que estableció con sus alumnos y compañeros, "con todos uns relación única y diferente, auténtica y plena de matices". "Él nos enseñó el respeto a los maestros".

Y Magdalena recuerda que en la lección inaugural del curso 1999-2000, Don Alejandro habló de su maestro Carrillo Albornoz con una sentencia soberbia: "Usted ha sido culpable de mis conocimientos e inocente de mis lagunas". Su sentido institucional "acusadísimo", porque él sabía que "las personas pasan y las instituciones permanecen, buscando siempre el bien común por encima de todo". Unos versos del poeta León Felipe. También de Mario Benedetti. Y la necesidad de huir del provincianismo de campanario.

José María Martín Delgado, ex rector de la UMA, amigo personal desde la infancia de Rodríguez Carrión. El profesor del rigor y la vehemencia, la exigencia. La última etapa, cuando sabía que se iba, que la enfermedad le jodía la vida, su independencia. Ya en silla de ruedas, seguía yendo a clase. Y atendía llamadas, como la mía, en aquel viernes de marzo. Marqué su teléfono. Su nombre ahora lo veo en la pantalla de mi móvil. Y su número: el 619-2....

Termina el acto, tras un vídeo emocionante con su espigada imagen y contundente voz. Veo a Javi Gómez, que escribió un magnífico reportaje sobre él (y lo mejor: en vida, así pudo disfrutarlo). Su saber ocupará tantos lugares de nuestro corazón y pensamiento... Domi del Postigo, amigo de Don Alejandro y de la familia, se quedó para saludar a Victoria, su viuda, que recibía cariños de antigos alumnos y compañeros.

Alguna vez soñamos con el profesor ideal. Lo tuvimos, qué fortuna la nuestra. Fue Alejandro Rodríguez Carrión.

jueves, 14 de mayo de 2009

Don Alejandro

La primera vez que entró en clase, en aquella Facultad de Martiricos (que parecía "panameña" Díaz Nosty dixit) todos nos quedamos callados. Delgado, muy alto y con una sonrisa elegante de hombre curtido y sabio. Venía de la Facultad de Derecho, era catedrático y acababa de ser (o también ejercía) de asesor del ministro de Asuntos Exteriores Carlos Westendorp. Nadie le llamaba de tú. Don Alejandro Rodríguez Carrión.

Don Alejandro ha sido un referente absoluto. Sus exámenes eran durísimos, muy exigentes, que te hacían prepararte esa maravillosa asignatura llamada Relaciones Internacionales como si se tratara de unas oposiciones a juez. Eran exámenes orales. Los grababa en un artefacto que ya a mitad de los noventa era antiquísimo, pero muy efectivo por registrar el sonido y los titubeos de esos pipiolos de reporteros. Te enfrentabas a un tribunal (su equipo del departamento) y cantabas - si te lo sabías, claro- el tema de pie, delante de los compañeros.

Su magisterio y ganas de comunicar hacían de sus clases una enseñanza maravillosa. Recuerdo que te hacía interrogar muchas cuestiones internacionales. Desde la españolidad (o no) de Ceuta hasta por qué a la Comisión Europea se la llama sólo la Comisión o la importancia del Tratado de Roma o Maastricht (tengo una foto en un viaje Interrail posando con el letrero de la diminuta ciudad).

Cuando me fui de Málaga lo visité en su despacho de Derecho. "Me voy a Tokio", le anuncié, con indisimulada ilusión. "Espero que mis clases le sirvieran de algo, don Agustín, porque recuerdo muy bien que usted tenía mucho interés y hacía muchas preguntas, pero la verdad, siendo sinceros, usted no era de los mejores alumnos. Preciso mejor: no consiguió calificaciones brillantes en mi asignatura. Le deseo todo lo mejor. Suerte en su nueva etapa".

Siempre implacable, siempre riguroso. Don Alejandro tenía razón. El miedo escénico de sus exámenes fue una durísima prueba de fuego, que salvé in extremis, pero luego las veces en las que he hablado con mucho público delante, incluso con cámaras y micrófonos, me he acordado de esos exámenes que nos enfrentaba casi por primera vez en la vida a un auditorio exigente que te calificaba.

Tiempo después me lo encontré al salir del Teatro Cervantes. Don Alejandro sacaba de su chaqueta un cigarrillo y me preguntaba cómo me había ido por tierras niponas. Más tarde supe, una noche de Jueves Santo, que su yerno era japonés...

Hace año y medio asistí a una charla que dio Bernardino León Gross en el Ateneo. Don Alejandro le presentó. Yo ya había regresado a Málaga y otra vez escuchaba las disertaciones internacionalistas de Don Alejandro.

Regresaba, junto a Domi del Postigo, en el barco Ceuta-Algeciras. Le dije a Domi que esa misma tarde tenía que entregar un perfil para El Confidencial de Bernardino. "Quiero hablar con Rodríguez Carrión, pero aún no lo he localizado". Déjame que lo llame. "Ale, ¿qué tal estás?". Domi le había llamado. "¿Te acuerdas de Agustín Rivera? Fue alumno tuyo y está haciendo un perfil de Bernardino y quiere preguntarte un par de cosas".

Lo tengo apuntado en mi agenda. 27 de marzo, 16 horas: hablar con Rodríguez Carrión. Lo telefoneé. Estaba lúcido. Me dio un par de claves muy buenas del secretario general de Moncloa, discípulo y luego convertido en amigo. Sabía que desgraciadamente podría ser nuestra última conversación: "Y si no me recupero, esto de la vida ha estado muy bien". "Don Alejandro, he aprendido mucho de usted", le contesté. Siempre Don Alejandro, porque nunca se me olvidará que alguien de clase una vez le dijo: "Alejandro..." Y él, muy educado, pero muy contundente, dijo: "Todavía no he comido con usted".

Nunca comí con Don Alejandro. Jamás estuve en su casa. Pero disfruté, encandilado, a todas sus clases. Leía sus artículos en prensa y sus intervenciones en la radio y en la tele local. Don Alejandro murió anoche. Su cuerpo lo dona a la Facultad de Medicina, como Gerald Brenan. Don Alejandro sabe que su legado, como bien apunta Javi Gómez, está aquí.

Quizá algún día pasee por la Facultad de Martiricos esperando que sean las 12 de la mañana de los viernes para sentarme en el Aula 1 y escuchar de nuevo su sapiencia internacionalista. Don Alejandro habrá retomado sus clases...

lunes, 6 de abril de 2009

Un amante del riesgo experto en Bach

Publico en el número de esta semana de la revista Tiempo un perfil de Bernardino León Gross: "Un amante del riesgo experto en Bach". Tiene algunos elementos en común con el que publiqué hace una semana en El Confidencial, pero cuenta con un arranque diferente y nuevos datos.

En Tiempo también escribe esta semana, desde México DF, mi íntimo amigo David del Río: "El retirado dorado de Pepe el del Popular", es su historia.