"Siempre se cuenta la misma historia. El viaje como transformación es el único relato posible. Por el camino se aprende. Y sólo hay una cosa que vale la pena aprender: el sentido de la muerte" (Se lo cuenta la directora de cine Yesim Ustaoglu a Luis Martínez. Hoy, en EL MUNDO).
Sánchez Dragó dijo hace años que cualquier novela tiene al menos uno de estos tres elementos: amor, viaje y muerte.
He leído relatos que carecían de este tripartito. No necesariamente eran malos. La vida está hecha también de más ingredientes, por ejemplo, la amistad, aunque pregunto: ¿Acaso no es también una forma de amor, quizá menos intensa, pero más duradera? Porque podemos aceptar que una relación acabe, pero no perder a un amigo de la infancia. Y soy afortunado: mantengo a muchos.
¿Empiezo el fin de semana contando la misma historia?
Otro viernes con proyectos razonables para el sábado y el domingo. Sitios a los que ir y a los que no acabaré yendo. Y cosas que ni sospecho que haré. Personas que conoceré en ese rumbo incierto de la trémula madrugada. Y otras que quiero volver a ver y cuyo nombre visualizaré en la agenda del móvil y no recibiré sus llamadas. Ni las suyas, ni las mías. Y eso que las aprecio y quiero.
Domingo de sol, ya sin baloncesto. Tardes de sábado entre lecturas babelias. Viernes nocturnos, de cine en solitaria compañía. Fin de semana de escritura blogueriana.
Y sigo esperando ese correo electrónico, ese SMS. La llamada. De alguien que fue muy importante y que ahora ya no sabes si sólo fue ¿un sueño?
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viernes, 12 de junio de 2009
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